La propuesta “moral” detrás del humor de Picardía Mexicana de Armando Jiménez
Arturo Zárate Ruiz
Resumen
Podría objetarse de varias maneras el siquiera intimar la posibilidad de acercarse a Picardía
Mexicana (Jiménez, 2009). Por ejemplo, podría decirse que Picardía es una obra moralmente
cuestionable. No necesito afirmarlo yo u observadores externos. Entre broma y broma, nos lo
repite una y otra vez el mismo Armando Jiménez en su texto, por ejemplo, cuando nos promete
que no detallará las leperadas porque “debemos expresarnos siempre con decencia” (p. 38);
cuando admite como criticable “el mal gusto del tema” (p. 94); cuando reconoce el riesgo de
que se le tache de “tipo enfermo de cropolalia… adorador de Tlazoltéotl, diosa azteca de la
inmundicia o de las cosas inmundas” (p. 139); cuando se queja de la imposibilidad de “departir
decentemente” por conducir todo “por el tortuoso sendero de la procacidad” (p. 145); cuando
identifica al decente como una persona que “nunca andará buscándole doble intención a las
palabras” (p. 167), justo lo contrario que nos ofrece en su libro; cuando define las leperadas
como “pecado” y como características de “personas sin educación” (p. 168); cuando, al incluir
en el libro la respuesta de su futuro editor Raúl G. Villaseñor, se nos precisa que “la grosería es
un vicio que estorba el camino ascendente de la nación” (p. 185); cuando, al incluirse también
los comentarios de intelectuales en el libro, Antonio Alatorre repara en sus “temas ‘prohibidos’”